Martes 14 de Julio de 2009 El tema de los hijos en la mediación familiar en casos de ruptura de pareja es el foco de atención prioritario. Hay diversas perspectivas profesionales y cierta controversia respecto a si deben o no entrar físicamente los hijos en las sesiones de mediación, así como cuándo y cómo se realizarían estos encuentros. No obstante y en general el tema de los hijos, a la vez que un objetivo en sí mismo, es el hilo conductor que enlaza muchas de las decisiones tomadas por los protagonistas. En el Servicio de Mediación de la UNAF trabajamos PARA los hijos, DESDE los hijos y tan sólo lo hacemos CON ellos de forma presencial en contadas ocasiones y bajo unas condiciones de contorno muy especiales. En mediación el objetivo prioritario está puesto en los menores para que sufran lo menos posible los efectos negativos de la separación de sus progenitores, y en este sentido, el proceso de mediación tiene un carácter plenamente preventivo para con los hijos: se trabaja con los progenitores para que centren la atención en ellos, ayudando a la pareja a que explore y analice la situación concreta de la familia y por tanto, clarifique sus ideas acercándose a la realidad más objetiva, poniendo a los adultos en situación de futuro para que decidan la fórmula más adecuada a las necesidades familiares, organizando entre los progenitores la vida cotidiana de la familia y como consecuencia procurando, estabilidad, confianza y tranquilidad a sus hijos menores. El mediador trabaja durante todo el proceso de mediación para que se produzca un cambio de mentalidad y actitud en los protagonistas de la mediación familiar. Este cambio transcurre desde dos polos opuestos, el conflicto y la cooperación, desde la defensa de los intereses particulares a la de los intereses comunes, cambiando la perspectiva y encontrando ellos mismos nuevos referentes de apoyo para seguir hacia delante. Este referente son los hijos. En este sentido, el proceso se ve facilitado a través del sentir de los hijos durante las sesiones, la toma de conciencia sobre cómo los hijos llegarán a percibir la nueva realidad familiar, la forma en la que les afectará el cambio y la adaptación a las nuevas circunstancias, son hechos que imponen una nueva dinámica de cooperación parental. Todos somos conscientes de que una de las cuestiones más dolorosa a la hora de tomar la decisión de separarse se debe al pensamiento por parte de los progenitores de la trascendencia de esta decisión para la vida cotidiana de sus hijos. Es característico que los individuos que atraviesan por una ruptura de pareja sientan compasión de sí mismos y de sus hijos.
Los hijos, salvo excepciones -malos tratos, discusiones frecuentes entre sus padres, etc.- no desean la separación de sus padres, es una circunstancia que les sobrecoge, es fuente de incertidumbre, confusión y sufrimiento. En este sentido la mediación ayuda a los progenitores a enfrentarse con ese temor, ayudándoles especialmente a observar las conductas, incluso posibles síntomas que trascienden a reacciones habituales en los menores. El mediador acompañará a los padres durante esta fase en la que se intentará que los progenitores desdramaticen la situación familiar, observando las vías concretas de trabajo con sus hijos para reconducir emocionalmente la situación propia y la familiar. Desde este punto de vista, el carácter pedagógico de la mediación es indudable, ya que enseña a los progenitores la mejor forma para comunicarse con sus hijos, a la vez que ahonda en la mejor fórmula para afrontar y resolver por ellos mismos los problemas y conflictos que pudieran surgir en la vida cotidiana de sus hijos en el futuro. En cuanto al cuándo y de qué forma pueden participar los menores en las sesiones, opino que su conveniencia depende de muchos factores; diría que hay tres factores que habría que tomar en consideración a la hora de hacer partícipe a un menor de alguna sesión de mediación en el caso de la separación de sus padres: la edad de los menores, el nivel de cooperación o conflicto entre los progenitores y que ambos padres lo consideren oportuno y beneficioso para sus hijos. El mediador creo que debe poner en conocimiento de los afectados esta posibilidad, siendo los padres los que analicen la conveniencia o no de que ocurra. En mi opinión la intervención presencial, siempre y cuando los progenitores la consideren oportuna, debería propiciarse en el comienzo y en la finalización de la mediación, ambos momentos marcan hitos informativos para los hijos. Al comienzo de la mediación puede servir para explicar a los hijos en qué consiste la mediación, y los aspectos más relevantes que han considerado sus padres que deberían tratarse durante el proceso. Al finalizar el proceso los padres harían partícipes a sus hijos de los acuerdos a los que han llegado durante las sesiones de mediación. En ambos casos se plantea como pauta preventiva y pedagógica al servir de sesiones transmisoras de información objetiva, descargada de cualquier tipo de emoción. Ello hace que se les elimine el miedo que genera la incertidumbre sobre lo que están haciendo sus padres en relación a la decisión de separarse, procura una imagen concreta del ambiente que circula entre sus padres en un clima de respeto y cooperación. Los hijos pueden observar que sus padres están confiando sus problemas a un profesional cualificado que va a acompañar a sus padres en la elaboración de las decisiones tomadas consensuadas entre ellos, lo cual genera confianza en la resolución de los problemas.
El hecho de que sus padres atiendan a sus problemas en un lugar neutral, en el cual se procura y cuida no hacer partícipe a los hijos de los problemas de los padres, hace que sea más fácil para ellos aceptar y superar lo ocurrido. En este sentido, queda evidente que los hijos deben estar siempre excluidos de cualquier proceso de negociación, ya que corresponde a los padres preservar la integridad de los hijos, haciendo el esfuerzo de reflexionar sobre la mejor forma de organizar la vida de la familia tras la ruptura, sin implicar en ningún momento a los hijos, no trasladando la toma de decisiones, ni problemas derivados de las mismas, lo cual si no se hiciera de esa forma, supondría parentalizar a los hijos, dándoles un papel que ni corresponde ni beneficia de ninguna manera. Evidentemente, no hay que confundir la democratización de la vida familiar con la no existencia de límites en la función parental y aprovechar la confusión personal con la participación y el manejo de la vida familiar por parte de los hijos. Ello tendría graves consecuencias para toda la familia pero especialmente perjudica a los propios hijos, en tanto se hacen partícipes de las decisiones que van a condicionar su futuro. En el Servicio de Mediación Familiar de la UNAF ha sido y es infrecuente el encuentro con los hijos en mediación y tan sólo se han llevado a cabo en contadas ocasiones y siempre al finalizar el proceso. Principalmente, no por el mediador que siempre da oportunidad a las familias, sino porque son los propios progenitores que en el afán de proteger a sus hijos, consideran innecesarias estas sesiones informativas, expresando en ocasiones que pueden llegar a perjudicarles. En general, en España suele ser poco habitual la integración de los hijos como parte del proceso, tan sólo se realiza cuando los padres lo demandan y suele llevarse a cabo como colofón del proceso de mediación. Sin embargo, en otros países, se conocen experiencias de este tipo, probablemente inducidas por la propia experiencia en mediación y por la interiorización de este tipo de procesos en la mentalidad de los progenitores como algo habitual dentro de la mediación.
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