jul  05

La adolescencia de ayer, reñida con la adolescencia de hoy

La mayoría de los conflictos vienen de la ambigüedad y confusión. Quizás esta sea la razón de conflicto entre progenitores e hijos e hijas adolescentes, quienes en determinados momentos del ciclo vital familiar necesitan un apoyo externo, imparcial que clarifique esa confusión intergeneracional con el fin de mejorar su convivencia.

¿Pero de dónde viene esta confusión? Entendemos muy bien que la adolescencia se caracteriza por una etapa de cambios, una etapa complicada de desarrollo hacia la vida adulta. Sin embargo, no asimilamos del mismo modo que la adolescencia actual se encuentra enmarcada en una sociedad distinta de la de hace algunos años y, por tanto, su adolescencia es distinta a la que fue la nuestra. No podemos hablar de la adolescencia como hablábamos en otro siglo. Ni hablar de ella como si se desarrollase en una burbuja, aislada de la realidad social.

Curiosamente, las personas adultas que no entendemos a los adolescentes de hoy ya hemos pasado por ello. Quiere decir que, o nos hemos olvidado de ella o la recordamos con demasiada intensidad. Si recordamos nuestra adolescencia como una época de conflicto interno y sufrimiento, es lógico que queramos evitar que nuestros hijos e hijas pasen por la misma situación.

Y a la vez que les protegemos, criticamos su poca independencia con frases del tipo: “Si le hubiese dicho eso a mi padre…”, “En mis tiempos no me hubiesen permitido…”. Parece dejar huella la relación que tuvimos con nuestros padres y madres aquellos años de desafío evolutivo y ese recuerdo guiará la manera en la que nos relacionamos con los y las jóvenes.

Nuestra visión hacia la adolescencia es dual. Por un lado, tendemos a guiarles por atajos emocionales para evitar el sufrimiento que supone esta etapa de desarrollo y, por otro lado, les criticamos por “tenerlo todo más fácil”. No son sólo los adolescentes los que viven la adolescencia de forma conflictiva. El adulto, junto al hijo o hija adolescente, reactiva su experiencia y la vuelca en la educación de sus hijos e hijas.

La adolescencia de ayer, está reñida con la adolescencia de hoy. Se presenta un afán comparativo entre la educación de antaño y la actual y en nuestra mente, siempre gana la primera. Quiere decir que repetimos los modelos de crianza de nuestros progenitores con demasiada rigidez y poca efectividad. Es decir, la educación que recibimos de ellos ya no sirve para las madres y padres de ahora.

Es importante tener presente esta dimensión vertical en nuestra manera de educar, para adaptarnos, para estar abiertos a otras formas de entender la adolescencia y relacionarnos con ella. Porque el hijo o hija adolescente necesita diferenciarse, pero para ello, precisa sentir que pertenece al mundo del adulto, le necesita. Aunque sea para dirigirse a él con ira y rabia, necesita a la persona adulta. Si cambiamos nuestras ideas preestablecidas, cambiamos nuestra forma de comunicarnos con ellos. Si pasamos de “se aleja de mí” a “necesita su espacio”, de “quiero que obedezca” a “quiero que tenga sus propias opiniones”, de “me cuestiona como adulto” a “ayúdame que no puedo sólo”, romperíamos con el modelo tradicional educativo.

En definitiva, pasaríamos de la confusión al entendimiento, clarificando las necesidades e intereses de cada uno para llegar a acuerdos que faciliten la convivencia. Ese es el objetivo de la mediación familiar.

Belén Rodríguez-Carmona, Técnica de programas de sensibilización de UNAF

Mediación para el Acuerdo
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